
LA FUSA CAPRICHOSA – relato breve
La escuché antes de verla. Una nota mínima, casi un susurro, como si alguien hubiese rozado una cuerda sin querer. Una fusa caprichosa, escapada de algún lugar donde la música todavía tenía alma.
Levanté la cabeza del teclado. No era un sonido fuerte, ni claro, ni siquiera correcto. Pero tenía algo que reconocí al instante:calor.
La habitación seguía igual —la lámpara encendida, el café frío, la ciudad respirando detrás de la ventana— pero esa nota diminuta había alterado algo. Como si hubiese movido un engranaje secreto dentro de mí. No sabía de dónde venía. Solo sabía que quería seguirla. Y que, por primera vez en semanas, la historia que llevaba atascada empezaba a moverse sola.
Cuando el mundo gira a revoluciones arrítmicas, siempre hay una fusa discordante que se cuela por la ventana, suave, casi tímida, susurrándome:
— Tranquilo, estás en tu sitio
Y en ese instante, siento que el resto sobra. Aunque la tarde estaba hecha de lluvia y viento. Un frío áspero que aporreaba los cristales, recordándome que el mundo seguía girando sin compás. Pero ahí sigue ella: la fusa caprichosa.
Una nota mínima, discordante, suave, que se desliza por mi cuello como un hilo tibio. Un estremecimiento pequeño, íntimo, casi secreto. Y mientras Winta pone orden al anochecer — suave, elegante, como si Barry White hubiese pasado por un spa y se hubiese tomado un café tranquilo — ella susurra lo único que necesito oír. Y en ese instante, todo lo demás sobra.
Mi hombro marca...pan... pan pan. Mi pie derecho haciendo tap tap tap escapando de la zapatilla medio suelta. La vela de canela respira calor. El aroma dulce de las galletas aún flota mientras el café me acompaña como un viejo cómplice. Justefunk ordena la noche con ese groove suave que recoloca el alma. Pero nada sería posible sin tu ayuda.
Por eso te llamo la fusa caprichosa. Porque no pones el olor a canela. Ni el ritmo en el cuerpo. Ni el sabor del café. Ni la emoción que sube por el pecho. Ni la chispa que me hace escribir. Pero todo junto hace que esté despierto por dentro.
Gracias a tí. Gracias mi. Gracias a este «neofunkitalomadrileñosesentón» que si no sabes qué es, será que aún no es tu momento. Quizás estés en el momento corchea, o negra, o en compás 3×4, o simplemente scrolleas como el que se rasca el codo, pero si no lo has sentido… tú te lo pierdes. Hay que esperar.
Caprichos sabatinos en compañía una noche lluviosa de febrero.
Vale
—Ritz!
